Una de las situaciones más indeseadas y desagradables de la práctica físico
deportiva es la aparición de accidentes y lesiones. Si analizamos el vocablo Accidente,
proviene del Latín “accidens” (que ocurre), y se define como un acontecimiento
imprevisto o esporádico. Si buscamos sinónimos a esta terminología, encontramos las
siguientes locuciones: Situaciones casuales, fortuitas, aleatorias, contingentes,
ocasionales, azarosas, aleatorias, circunstanciales, etc. Pues bien, recordando lo que
la O.M.S postuló acerca de los accidentes, afirmando que éstos no son accidentales,
queremos añadir que a pesar del exhaustivo control que pueda tenerse para prevenir
eventualidades no deseadas, el control de contingencias absoluto es humanamente
imposible, ya que existen situaciones como: Caídas, choques involuntarios,
imprevisibilidad conductual del alumnado mediante actitudes temerarias, asunción de
riesgos innecesarios, comportamientos agresivos sobre su persona o a compañeros,
etc., que no podemos en ese momento atajar o controlar, y que en definitiva son
inevitables (Latorre y Herrador, 2003). También debemos distinguir entre el término
Riesgo que significa: Contingencia, exposición, proximidad de un daño, eventualidad; y
el vocablo Peligro que simboliza o representa una contingencia inminente o muy
probable, por lo que la diferencia entre peligro y riesgo va estar determinada por la
importancia del asunto que tratemos, o en el caso de la actividad física, por el tipo de
actuación o ejecución que se desencadene.
Haciendo una breve aclaración conceptual y siguiendo a González (2003),
encontramos, fundamentalmente, tres tipos de riesgo:
• Riesgo aparente: basado en prejuicios y que puede coincidir o no con un riesgo
objetivo.
• Riesgo subjetivo: el percibido por el sujeto y que va a depender de experiencias
previas.
• Riesgo real y objetivo: el que detectado por individuos capacitados mediante
datos empíricos o estadísticos puede producir un daño físico.
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